¿Pentecostes? ¿Cual es su origen? ¿Sigue vigente?

Hablar de Pentecostés no es referirse a un episodio aislado de la historia cristiana ni a una corriente reciente dentro del cristianismo. Pentecostés representa el cumplimiento de una promesa divina y el inicio visible de una obra que continúa hasta hoy.

Desde una perspectiva bíblica y misional, el Pentecostalismo no surge como una innovación moderna, sino como la restauración del poder sobrenatural que caracterizó a la Iglesia primitiva.

Su origen y vigencia no descansan en contextos sociológicos o movimientos históricos particulares, sino en la fidelidad de Dios a su Palabra y en la permanencia de sus promesas. Comprender Pentecostés es comprender la naturaleza misma de la iglesia enviada al mundo en el poder del Espíritu Santo.

Origen bíblico y cumplimiento profético

El movimiento pentecostal contemporáneo suele ubicarse históricamente en el Avivamiento de la Calle Azusa, en Los Ángeles (1906), bajo el liderazgo de William J. Seymour. Aquel derramamiento del Espíritu impactó naciones enteras y dio forma a una expresión renovada del cristianismo global.

Sin embargo, para el creyente pentecostal, Azusa no fue el origen, sino una manifestación moderna de una obra mucho más antigua. La raíz verdadera del Pentecostalismo se encuentra en el día de Pentecostés narrado en Hechos 2, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los ciento veinte discípulos, cumpliendo la promesa profética anunciada por Joel: Dios derramaría su Espíritu sobre toda carne.

Pentecostés marca el inicio de la era de la Iglesia empoderada, una comunidad llamada no solo a creer, sino a testificar con autoridad espiritual.

Fundamentos bíblicos del Pentecostalismo

El Pentecostalismo se sostiene sobre bases bíblicas claras y consistentes. En primer lugar, la promesa de Cristo. Antes de su ascensión, Jesús aseguró que sus discípulos serían bautizados con el Espíritu Santo y afirmó que quienes creyeran en Él participarían de obras que manifestarían el poder de Dios en el mundo.

En segundo lugar, la naturaleza de los dones espirituales. El apóstol Pablo describe en 1 Corintios 12 diversas manifestaciones sobrenaturales otorgadas por el Espíritu Santo, aclarando que estas no son habilidades humanas, sino expresiones de la gracia divina para la edificación de la iglesia.

Finalmente, la evidencia histórica del Nuevo Testamento confirma la continuidad de estas manifestaciones más allá del círculo apostólico. Creyentes como Esteban, Felipe y otros discípulos experimentaron y ejercieron dones espirituales, demostrando que el poder del Espíritu no estaba reservado a una élite, sino al cuerpo de Cristo.

La continuidad del Espíritu: una visión bíblica

Uno de los debates centrales en torno al Pentecostalismo es la vigencia de los dones espirituales. Sin embargo, la Escritura no presenta una enseñanza que limite estas manifestaciones a una etapa temporal de la historia.

La Biblia nunca afirma que los dones cesarían antes del regreso de Cristo. Cuando Pablo menciona que ciertas manifestaciones cesarán “cuando venga lo perfecto”, el contexto apunta a la consumación final y no al cierre del canon bíblico. Además, las exhortaciones apostólicas a no apagar al Espíritu ni menospreciar las profecías carecen de cualquier restricción temporal.

Asimismo, la promesa de señales acompañando a los creyentes y el llamado constante a edificar la iglesia mediante los dones espirituales confirman que la obra sobrenatural del Espíritu sigue siendo necesaria mientras la iglesia exista y cumpla su misión.

Pentecostés, misión y edificación

Pentecostés no fue dado para la exaltación de experiencias individuales, sino para capacitar a la iglesia en su misión. El poder del Espíritu Santo tiene como propósito principal testificar de Cristo, edificar el cuerpo y extender el Reino de Dios.

Cuando la iglesia vive arraigada en la Palabra y dependiente del Espíritu, se convierte en un instrumento de transformación espiritual y social. El Pentecostalismo bíblico no se define por el desorden ni por el emocionalismo, sino por una fe obediente que integra doctrina sana, vida espiritual y compromiso misional.

Pentecostés plantea un desafío permanente a la iglesia: permanecer fiel a la promesa que dio origen a la era apostólica. No se trata de perseguir manifestaciones por sí mismas, sino de caminar en obediencia a Cristo, sumisión a la Escritura y dependencia del Espíritu Santo.

Cuando la iglesia asume esta responsabilidad, descubre que el mismo Espíritu que descendió en Jerusalén continúa obrando hoy, capacitando a los creyentes para la misión, edificando la comunidad de fe y manifestando la gloria de Dios en el mundo.

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